El hombre que susurraba a los perros


Ilustración de Börkur Sigurbjörnsson

Después de la cena en el hotel rural, decidimos caminar por la granja antes de volver a nuestra habitación. Seguimos el camino de grava, brazo con brazo, por los oscuros alrededores, mirando las estrellas y bebiendo la noche silenciosa.

Cuando nos acercábamos a la caballeriza, dos perros corrieron hacia nosotros, ladrando a pleno pulmón. Pude sentir nuestros cuerpos endurecerse, nuestros corazones latir más rápido y dudamos si continuar el paseo por este camino.

—Shhhh —susurré en la dirección por donde se acercaban los perros y extendí mi brazo con la palma de la mano abierta.

Los perros se detuvieron y tomaron una posición defensiva en medio del patio frente a la caballeriza, gruñendo en nuestra dirección. Aunque todavía tensos, pude sentir nuestros cuerpos relajarse un poco al calmarse la situación.

—Guau, eso fue increíble —dijiste en voz baja cuando habíamos pasado la caballeriza y tomado otro camino de vuelta hacia el hotel—. ¡Cómo lograste calmar a esos perros!

—Eh… —admití—, la verdad es que no era a los perros a quienes intentaba calmar.

—Oh —dijiste, apoyando tu cabeza en mi pecho—. Entonces intentabas calmarme a mí. Pues eso funcionó también.

«En realidad, tampoco trataba de calmarte a ti», pensé, pero decidí guardarme el hecho de que mi acción había sido puramente introvertida.