Escalofrío


Ilustración de Börkur Sigurbjörnsson

La puerta se golpeó con tanta fuerza que me sobresaltó. Miré el reloj en la mesa de luz. Eran las seis. Al fin y al cabo, solo había sido un sueño.

Aunque era un mañana de verano calurosa, sentí un escalofrío recorriendo mi cuerpo. El sueño me había dejado una sensación incómoda. Me sentía ajeno a mí mismo.

Me di una ducha para sacarme el frío del cuerpo; temblé bajo el agua caliente.

—Te has levantado pronto hoy —dijo mi mujer cuando salí del baño—. ¿Qué ha pasado?

—He tenido un mal sueño —contesté sin esfuerzo por disimular mi sonrisa forzada—. Estaba en el trabajo. Al principio mi escritorio estaba debajo de una claraboya que goteaba. Luego, al lado de una puerta donde un viento gélido se colaba cada vez que alguien entraba o salía. Estaba congelado hasta los huesos. Mi teclado estaba oxidado. Caminaba por la oficina buscando un lugar mejor para trabajar, sin éxito.

—Necesitas empezar a buscar un nuevo trabajo —señaló mi mujer—. Este no es para ti.