Fuego amigo


Ilustración de Börkur Sigurbjörnsson

Al entrar en el tren, Pedro notó que estaba extraordinariamente lleno para la hora del día. Miró a su alrededor y de milagro vio un asiento plegable que estaba ocupado solo por una mochila. Cuando Pedro se acercó, el propietario de la mochila —un adolescente— miró hacia arriba, sonrió, retiró la mochila y sostuvo el asiento mientras Pedro se sentaba.

—¡Gracias! —dijo Pedro, impresionado por la cortesía del joven pasajero. Si solo hubiera más como él en su generación. Era un ejemplar brillante.

El tren inició la marcha y Pedro se puso cómodo, sacó su libro y empezó a leer. Disfrutaba de poder sumergirse en un buen libro durante el trayecto al trabajo.

Pedro no había leído muchas palabras cuando fue interrumpido por un murmullo de balazos, explosiones, gritos y llantos. Parecía que alguien estaba jugando a un videojuego o mirando una película en su móvil sin usar auriculares. Era un escándalo. ¿Cómo podía alguien quebrantar la tranquilidad del tránsito de la mañana con un comportamiento tan desconsiderado? Necesitaba hacer algo para pararlo.

Pedro miró hacia arriba y descubrió, para su horror, que el generador del ruido era el joven agradable que le había cedido el asiento. Abrió la boca, pero no fue capaz de decir nada. No podía regañar a ese adolescente que había sido tan amable.

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