La gente de la plaza


Ilustración de Yana Volkovich

Era una mañana de domingo de principios de agosto, y el sol brillaba en lo más alto del cielo. Caminé lentamente a lo largo de la calle del Congost. Iba por un lado de la calle, donde las sombras de los edificios me protegían de los rayos del sol. Pasé por delante del bar de los punks y los okupas. Al otro lado de la calle estaba la sede de la asociación de cría de palomas mensajeras de Gracia. Sonreí pensando en lo curioso que era que dos grupos de personas tan diferentes coexistiesen en aquella pequeña calle de Barcelona. A un lado, una asociación con la paloma como símbolo, que también es el símbolo de la paz. Y al otro lado otra asociación cuyo símbolo era una calavera con dos huesos en cruz, el símbolo del terror. Aquella tranquila mañana de domingo, la paz y el terror convivían de manera pacífica y armoniosa.

Al final de la calle del Congost giré a la izquierda y después a la derecha, para coger la calle de Asturias. Me dirigía a la plaza de la Virreina, mi plaza favorita del barrio de Gracia. Casi todos los fines de semana iba allí con un libro en la mano, acompañado, a veces, de un bolígrafo.

Cuando llegué a la plaza me senté en un banco a la sombra de un árbol. La plaza estaba animada y, al mismo tiempo, irradiaba serenidad. Las terrazas de los tres cafés estaban llenas de gente, cuyo murmullo resonaba en toda la plaza. Todos los bancos de la plaza estaban ocupados. Algunas personas leían, otras conversaban animadamente con sus compañeros de banco y otras, en silencio, miraban la vida pasar. Una vida que transcurría lentamente al calor del mes de agosto. La gente tenía cuidado de no moverse demasiado rápido, para que el bochorno fuese más tolerable.

La iglesia se erguía orgullosa en el lado de «montaña» de la plaza. Igual que en otros lugares del mundo, en Barcelona hay cuatro puntos cardinales. Pero, al contrario que en el resto del mundo, esos puntos cardinales no se llaman «Norte», «Sur», «Este» y «Oeste». Los puntos cardinales en Barcelona se llaman «montaña», «mar», «derecha» e «izquierda». La iglesia estaba abierta. Las puertas del reino siempre están abiertas. Especialmente los domingos.

El ir y venir de gente era constante. Gente paseando a sus perros. Gente de camino a casa con un periódico bajo un brazo y un pan bajo el otro. Turistas –un hombre y una mujer de mediana edad– caminando con un mapa en las manos. «¡Mira! Es la iglesia que vimos en la guía turística de Barcelona.» Pararon e hicieron una foto antes de seguir caminando en busca de la siguiente atracción turística que habían visto en la guía de Barcelona.

Las palomas daban vueltas sobre la plaza. Se sentaban en un saliente que había sobre la puerta de la iglesia y después volaban al árbol más cercano. La siguiente parada era la fachada de una de las casas del lado «mar». Completaban la vuelta sobrevolando la plaza y volviéndose a posar en el saliente de la puerta de la iglesia. De vez en cuando bajaban al suelo para buscar migas de pan. Una paloma joven e inexperta se dirigió caminando hacia una colilla de cigarrillo. Se dio cuenta inmediatamente de que no se trataba de comida y caminó, para probar suerte, hacia la siguiente colilla.

Saqué un cuaderno y un bolígrafo del bolsillo de la camiseta, con la intención de escribir un relato. Llevaba semanas sin escribir nada. Sufría el bloqueo del escritor. Siempre que me sentaba a intentar escribir, mi cabeza se quedaba en blanco y no era capaz de pensar en nada digno de ser puesto negro sobre blanco. Había ido a la plaza con la esperanza de que el aire fresco me despejara la mente y me aportara nuevas ideas.

Miré las páginas vacías del cuaderno. «Barcelona, 9 de agosto de 2008» escribí en la parte superior de la pagina izquierda. No pude ir más allá. No sabía qué escribir. Coloqué el cuaderno en mi regazo y miré alrededor. Vi a dos borrachos sentados al otro lado de la plaza, bebiendo cerveza y hablando, entre sorbo y sorbo, de los misterios de la vida. Reían. Estaban contentos. Su vida no era un camino de rosas, pero ¿quién necesita un camino de rosas pudiendo reunir las monedas suficientes para comprar otra cerveza?

–Nunca pones dinero para las cosas de casa –oí que decía alguien detrás de mí.

Me volví lentamente y miré a los que estaban sentados en el banco de atrás. Era una pareja joven con un bebé. No parecían estar muy contentos. No estaban disfrutando del bebé, tal como hacen normalmente los padres jóvenes. Discutían. No prestaban atención al bebé. Ni el bebé les prestaba atención a ellos, dormía tranquilamente en brazos de su madre.

–Tengo suficiente con cuidar del niño. Me gasto todo el dinero que tengo en cuidar de él. Lo sabes de sobra. He intentado pedir dinero a mi madre, pero se niega a dármelo. Dice que tendría que estarle agradecida con lo que me envía.

–¿Por qué no le hablas del niño? –preguntó el chico–. ¿Por qué no le dices que has tenido un hijo y que tienes que cuidar de él?

–¡Eso jamás! –gritó la chica. Se puso colorada de la vergüenza y miró alrededor. Después miró al bebé, para ver si se había despertado. Dormía. La chica bajó la voz y continuó–: No puedo hablarle de él, se pondría hecha una fiera y seguramente dejaría de enviarme dinero.

–¿Y tu padre? Está forrado. ¿Por qué no le pides dinero a él?

–Ya sabes por qué. Hemos hablado de esto mil veces. Ha renegado de mí. Nunca me ha perdonado que dejara los estudios y viniera a Barcelona.

La pareja no pudo continuar discutiendo sobre la economía doméstica, porque el bebé se despertó y comenzó a llorar. La chicha se levantó.

–¡Vamos! –dijo–. Tengo que irme a casa para darle de comer.

Vi a la joven pareja desaparecer detrás de una de las esquinas de la iglesia.

Desde aquella misma esquina apareció un hombre haciendo footing. No prestó atención a la pareja del bebé. Estaba preocupado con sus propios problemas. Atravesó corriendo la plaza y paró al otro lado, para decidir hacia dónde ir. Decidió tomar la calle de la derecha. Era la primera vez que salía a correr desde que se trasladó a vivir a Barcelona. Estaba totalmente perdido. Todo parecía indicar que daría unas cuantas vueltas de más, a no ser que encontrara algún lugar que se le hiciese familiar.

Lo que se encontró al girar la esquina no fue algo familiar, precisamente. Chocó contra una chica joven que caminaba preocupada. La chica se recuperó rápidamente del golpe y atravesó la plaza tan rápido como le permitían sus pies. Llegaba tarde. Había prometido a su amiga que le ayudaría a limpiar el piso. Llegaba dos horas tarde. Había salido la noche anterior. Tenía planeado volver a casa temprano, e irse a dormir temprano. Pero no lo hizo. Había vuelto a casa muy tarde y se había despertado tarde. Se sentía avergonzada por haber decepcionado a su amiga. No merecía que nadie la traicionase de esa manera. Esperaba que no se enfadara, que la perdonara. Caminó a través de la plaza tan rápido como pudo. Avergonzada, preocupada. Llegaba tarde, muy tarde. Ignoraba que su amiga también había salido anoche, que también había vuelto tarde a casa y que aún estaba durmiendo.

Hugo se había acostado temprano y se había levantado a primera hora de la mañana. Estaba sentado en la terraza de uno de los cafés de la plaza, leyendo un periódico de economía. Se preguntaba qué provecho podría sacar él de la compraventa de acciones. Era el tercer fin de semana consecutivo que pensaba en esas cosas. Creía que era fácil. Bastaba con comprar acciones a bajo precio y luego venderlas a un precio más alto. Hoy, estaba a punto de descubrir que comerciar con acciones no era tan simple como parecía. En los últimos tres fines de semana –los que llevaba leyendo el periódico de economía– se había dado cuenta de que algunas acciones subían y otras bajaban, pero no había descubierto ningún patrón en aquellos movimientos. Esa revelación le hizo dudar. Tenía miedo de perder la pequeña suma de dinero que había ahorrado para su aventura en bolsa. Por eso, desistió en la idea de comerciar con acciones, y decidió comprarse una cámara nueva. ¿Quién sabía? Quizá podría ganar algún dinero vendiendo fotos.

Pedro había trabajado como fotógrafo toda su vida y había ganado lo suficiente como para, además del pan, llevar algún que otro jamón a casa. Ahora, caminaba con lentitud a través la plaza, acompañado de su esposa María. Eran mayores y les llevó bastante tiempo cruzarla. Atrás habían quedado los días en que corrían allí mismo, en su plaza. El lugar donde habían jugado de niños. El primer beso se lo habían dado en las escaleras de la iglesia. Pedro le había pedido la mano en la plaza. María le había dicho que sí en la plaza. Se habían casado en la iglesia de la plaza. Habían comprado su primer y único piso al lado de la plaza. Sus hijos habían dado los primeros pasos en la plaza. Sus hijos habían corrido tras las primeras palomas en la plaza. Incluso después de haberse hecho mayores y haber dejado el nido, volvían frecuentemente a visitar a sus padres, acompañados de los nietos. En aquellas ocasiones la plaza era una fiesta. Ahora, Pedro y María eran tan mayores que podían reflexionar sobre los momentos más memorables de su vida mientras la atravesaban.

–¡Mira! –oí a alguien exclamar a mi izquierda–. Nuestro calzado es idéntico.

Volví la cabeza. Conocía a la mujer que estaba sentada a mi lado. Formaba parte del grupo de borrachos de la plaza. La veía casi siempre que visitaba la plaza. Cuando la vi por primera vez no pensé que fuese una de ellos. Pensé que era solamente una mujer mayor y un poco loca. Más tarde la vi beber con el resto de borrachos. No había duda de que estaba loca. La duda era si estaba loca por causa de los años o del alcohol. Miré sus pies. Miré los míos. Ambos calzábamos sandalias, pero no podían ser más diferentes.

–Sí –respondí a la mujer, y sonreí–. Tiene razón, es idéntico.

Volví atrás en el cuaderno, a la pagina donde había escrito «Barcelona, 9 de agosto de 2008». Había añadido unas cuantas páginas a mi colección de escritos. Cerré el cuaderno y guardé el bolígrafo en el bolsillo de la camiseta. Era hora de irse a casa. Me despedí de la mujer de las sandalias. Dije adiós a la plaza y di gracias a su gente por haberme inspirado, por los fragmentos de historias que me habían ayudado a escribir. Dudaba de que alguno de esos fragmentos se convirtiera en un relato independiente. Pero eso no era importante. Lo único que importaba era que había empezado a escribir de nuevo. Me había despedido del bloqueo del escritor. Podía irme a casa, feliz por el trabajo realizado.