Julia


Ilustración de Yana Volkovich

Ingerí el Ferrari de un sólo trago. Una ola de frío atravesó mi cuerpo. Tosí. Era mi último chupito, no debía beber más. Tropecé y me agarré a la barra de aquel típico bar irlandés del barrio Gótico de Barcelona. Era estrecho, pero largo. La barra estaba junto a la entrada y en la parte de atrás había un espacio con mesas y sillas. Fui dando tropezones hasta el fondo, donde ya habían apagado las luces y habían puesto las sillas sobre las mesas, para facilitar la limpieza que comenzaría pronto. Seguía tosiendo. Sería mi último Ferrari, mi último chupito. La de vodka y Tía María no era la combinación adecuada para mí, la cambiaría por vodka con tónica.

–¿Te encuentras bien? –oí que dijo alguien en inglés.

Miré a través de la negrura del bar, intentando averiguar de dónde venía aquella voz. En un primer momento no vi nada, salvo oscuridad. Después, afinando la vista, la vi. Estaba sentada a una mesa, sola, bebiendo una Coronita.

–Me llamo Julia –dijo cuando llegué a su mesa. La voz me recordaba a las películas inglesas de los años treinta. No estaba seguro de haber visto ninguna película inglesa de los años treinta, pero fue lo primero que me vino a la cabeza. Era como la mujer de Pygmalion. ¿O era la de Mary Poppins? Era inglesa, ¿no? Mary Poppins, eso es. No lo sabía. No podía pensar con claridad. Estaba demasiado borracho.

–Hola, Julie. Me llamo Vilhelm –dije–. ¿Por qué estás aquí sentada, sola en la oscuridad?

–No lo sé –respondió–. Y me llamo Julia, con a. ¿Por qué no te sientas a mi lado? Así ya no estaré sola.

Vacilé. Me había pillado desprevenido. No sabía si quedarme o irme. Aquella chica tenía algo especial. Parecía tan inocente, casi como un ángel. Bueno, excepto por la Coronita. No recordaba haber visto nunca un ángel con una botella de cerveza en la mano. Puestos a pensar, en la vida había visto un ángel, ni con botella ni sin ella. Estaba confundido, no pensaba como era debido. Llevaba encima demasiados chupitos.

–¿Por qué no vienes con nosotros? –le pregunté señalando a mis amigos, que estaban en la barra–. Mis amigos están ahí.

–No sé si debería –respondió, y se quedó mirando la botella, como si estuviese leyendo la respuesta en la etiqueta–. Bueno, sí, vamos.

Se puso de pie y caminamos hasta la barra. Mis amigos estaban pidiendo otra ronda de Ferraris.

–¿De dónde eres? –le pregunté.

–De Austria –respondió–. ¿Y tú?

–De Islandia –dije apoyándome en la barra, e intenté llamar la atención de mis amigos–: ¡Chicos! Esta es Julie, de Austria.

A mis amigos les costó enterarse de que les estaba presentando a una chica. Les estaban sirviendo los chupitos, y estaban demasiado ocupados.

–¿Quién? –preguntó Patrick, una vez todos los vasos estuvieron en la barra.

–Ella –respondí, y me volví hacia Julie.

Pero ya no estaba, se había ido. No quedaba de ella más que una botella de Coronita medio llena encima de la barra.

–¿Quién? –preguntó Danny.

–No lo sé –respondí, y agarré el Ferrari que me estaba ofreciendo Patrick.

–¡Por Vilhelm y todos sus amigos imaginarios! –propuso Danny, y bebimos.

Tosí otra vez e intenté rememorar lo que acababa de pasar. Pensé en Julie. ¿Era un producto de mi imaginación? Podría serlo, porque estaba como una cuba. Pero, ¿y la botella de Coronita medio vacía? La toqué. La botella era real, no era una alucinación. Me quedé perplejo, y pedí un vodka con tónica.

Me apoyé en la ventanilla del vagón del metro y cerré los ojos. Se suponía que tenía que haber sido una simple cena con un cliente, nada más. Me había prometido a mí mismo no tomar ninguna copa después de la cena. No cumplí la promesa. Era algo que venía ocurriendo muy a menudo, demasiado a menudo. Como contable, mi trabajo era equilibrar los balances de los libros de contabilidad de mis clientes. ¿Por qué no podía, entonces, mantener el mismo equilibrio en mi propia vida?

El metro llegó a la estación de Joanic. Era el momento de irse a casa y dormir. Me puse en pie y caminé hasta la puerta del vagón. Al salir, crucé la mirada con una mujer que entraba.

–¿Julie? –le pregunté, girándome hacia ella y manteniendo la mirada.

–Julia –respondió antes de que las puertas se cerraran.

Sostuvimos nuestras miradas durante el tiempo que tardó el tren en salir de la estación. Y ella desapareció en la oscuridad, igual que hacía un par de días en el bar irlandés. ¿Era fruto de mi imaginación? No sabría decirlo. Parecía tan real y tan irreal a la vez.

Deambulaba por una calle vacía, a través de la niebla. No sabía dónde estaba. No conocía la calle. No había nadie alrededor. Bueno, casi nadie. Alguien caminaba hacia mí, recitando un verso.

Byrði betri
ber–at maður brautu að
en sé mannvit mikið.
Vegnest verra
vegur–a hann velli að
en sé ofdrykkja öls.

Lo reconocí enseguida, era un antiguo poema islandés: Hávamál. Un poema con consejos sobre cómo vivir la vida.

Er–a svo gott
sem gott kveða
öl alda sonum,
því að færra veit
er fleira drekkur
síns til geðs gumi.

No podía ver claramente a la persona que lo recitaba. Se estaba acercando a mí, pero solo veía su silueta a través de la niebla. La voz, de todas maneras, me era familiar. La había oído alguna vez.

Óminnishegri heitir
sá er yfir öldrum þrumir.
Hann stelur geði guma.
Þess fugls fjöðrum
eg fjötraður var’g
í garði Gunnlaðar.

Al acabar la tercera estrofa la silueta atravesó el muro de niebla y vi quién era. Era la chica austriaca con la que me había encontrado un par de veces en los últimos días. Era Julie. Le quería preguntar por la poesía que acababa de recitar, pero, antes de que pudiera decirle nada, se transformó en pájaro, un pájaro grande y elegante, salió volando y desapareció.

Antes de llamar al timbre, bostecé. No pude descansar después de haberme despertado de un extraño sueño sobre una chica austriaca que recitaba poesía islandesa, se transformaba en pájaro y salía volando.

Saludé a mi anfitrión y lo seguí desde la puerta de entrada hasta el salón. Él se presentó como Xavi. Era un amigo de un amigo. Nunca lo había visto antes. Él y su esposa querían abrir un negocio y necesitaban el consejo de un contable. Me habían invitado a cenar a su casa, para ver si podía ayudarles en su proyecto.

–Siéntate y ponte cómodo –me dijo Xavi–. Tengo que ayudar en la cocina.

Eché un vistazo al salón, cuyo diseño era una mezcla interesante entre lo moderno y lo antiguo. El sofá y las sillas eran nuevos, como los cuadros de las paredes. Las mesas y los armarios eran de madera antigua. En una esquina había una cómoda que me llamó la atención. Y sobre la cómoda reposaba toda una colección de pequeñas fotos enmarcadas. Me acerqué para verlas mejor. Todas parecían antiguas. Sin embargo, reconocí a mi anfitrión en algunas de ellas y, por tanto, supuse que eran fotos nuevas hechas con algún filtro especial que les daba ese aire anticuado. Detuve la mirada y me quedé observando fijamente una de las fotos. La cogí para poder verla más de cerca. Parecía antigua, igual que las demás. Pero no fue el estilo lo que me llamo la atención, sino la modelo.

–¿Julie? –me dije a mí mismo en voz alta, intentando recordar el nombre de la chica de la foto, la austriaca con la que había soñado y con la que me había topado un par de veces en los últimos días.

–Julia –dijo alguien detrás de mí–, se llama Julia. Hola, bienvenido, yo soy Nuria.

Era mi anfitriona. Había entrado al salón y sonreía, aunque con cara de sorpresa.

–¿Cómo es que la conoces? –me preguntó, mirando sobre mi hombro para asegurarse de que estábamos hablando de la misma foto.

–En verdad, no la conozco –le dije–, pero me la he encontrado un par de veces en los últimos días, por casualidad.

Nuria arqueó las cejas y me miró con cara de incredulidad.

–No puede ser –dijo–. Julia murió hace cinco años. Era mi abuela.

–¡Ah! –dije, bastante desconcertado. Estaba seguro de que la mujer de la foto era la misma con la que me había encontrado–. Debo de haberla confundido con otra persona –me excusé, mientras le entregaba la foto.

–Era una mujer muy buena –dijo Nuria, y colocó la foto en su lugar–. Nació en Austria pero se trasladó a España con sus padres cuando era niña. Se casó con un español, propietario de una fábrica, y dedicó gran parte de su vida a ayudar a los trabajadores de la fábrica a hacerle frente al alcoholismo.

Me quedé mirando la foto. Recordé los acontecimientos de los últimos días y la cabeza me empezó a dar vueltas.

–¿Qué quieres beber? –preguntó Xavi, que había vuelto al salón–. ¿Vino? ¿Cerveza?

Dudé. Para mi sorpresa, no me apetecía beber nada que tuviese alcohol.

–Creo que un refresco me iría bien –dije tartamudeando–. O agua, sin más.

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