Sentado sobre el niño que hay en uno mismo


Ilustración de Börkur Sigurbjörnsson

Cuando el respetado orador terminó su charla, tuve muchas ganas de hacer un comentario. Lo que había dicho no tenía ningún sentido; su charla había sido totalmente vacía de contenido. Obviamente, él había perdido contacto con la realidad y estaba firmemente encerrado en su torre de marfil.

Estaba a punto de pedir la palabra cuando recordé que, no hacía mucho, me había prometido a mí mismo no meterme en asuntos que no eran de mi incumbencia. En este caso, mi comentario no iba a tener ningún efecto, iba a rebotar en el orador como agua en la espalda de un ganso.

Me contuve. Como decimos en Islandia, me quedé sentado sobre el niño que hay en mí. A veces esto hace la vida más fácil.