¿Cómo es el tráfico en Finlandia?


Ilustración de Yana Volkovich

Era una brillante y soleada mañana de julio. El cielo de Barcelona era azul, no había ni una nube. Hacía calor, más calor de lo normal, pero menos humedad de la que era de esperar en pleno verano. La ciudad estaba tranquila. Las aves nocturnas todavía no habían despertado y la gente que se aventuraba a salir a la calle se movía lentamente para no extenuarse por el calor.

En la plaza de la Virreina, dos jóvenes intentaban combatirlo bebiendo cerveza en la terraza de un café. A algún que otro lector le extrañará el hecho de que estuvieran bebiendo cerveza a esas horas. Pero, como narrador experimentado, doy fe de que he visto comportamientos peores. En cuanto a estos jóvenes, puedo asegurar que eran dos perfectos caballeros a los que una o dos cervezas no hacen daño, ni siquiera a horas tan tempranas. Uno de ellos era moreno. Tenía el pelo negro, los ojos marrones y la piel bronceada, acostumbrada al sol. Parecía que era de allí, un lugareño. El otro –a pesar de que el color de sus ojos se correspondía con el azul del cielo– no encajaba demasiado en aquella escena, estereotipo del paisaje mediterráneo. Tenía el pelo rubio y su piel era blanca, tirando a rosa, más por causa del sol que de la cerveza. Parecía extranjero, se podía pensar que sueco o noruego; de un lugar, en cualquier caso, situado a todas luces bastante más al norte del Mediterráneo.

Un coche paró en medio de la calle que bordeaba la plaza. El conductor gritó a un transeúnte.

–¡Ostras, crack! ¡Cuánto tiempo!

Bajó del coche, corrió hacía él y lo abrazó. Aparentemente, se conocían y no se habían visto en mucho tiempo. Estaban contentos de haberse vuelto a ver. A los otros conductores, en cambio, aquel encuentro no les había hecho ninguna gracia, y comenzaron a tocar el claxon.

–¡Hombre! ¿Qué pasa?

Dejó de abrazar al transeúnte e hizo saber a los otros conductores que no tardaría en irse.

–¡Tranquilos! Solo será un minuto –gritó.

El resto de conductores lo insultó a gritos y continuó tocando las bocinas. La normal tranquilidad de la plaza se había truncado, y seguro que el ruido despertó a más de un ave nocturna.

–¿Cómo es el tráfico en Finlandia? –preguntó el hombre moreno con aspecto de lugareño.

–¿En Islandia? –dijo el rubio que parecía ser sueco o noruego–. Querías preguntar cómo es el tráfico en Islandia, ¿verdad?

–Sí, por supuesto –dijo el moreno sorprendido–. ¿Qué, si no?

–¿Por qué dices siempre Finlandia?

–Yo no digo siempre Finlandia. ¿Por qué habría de decir siempre Finlandia?

–No lo sé, pero lo haces.

–No, no lo hago.

–Sí, sí lo haces.

–Definitivamente, no lo hago –exclamó el lugareño. Trataba de hacerse el ofendido pero, debido a sus escasas dotes interpretativas, pareció simplemente tonto–. Hace solo cinco minutos he dicho Grecia. No siempre digo Finlandia.

–Cuando digo siempre, no quiero decir siempre, siempre –dijo el rubio. Dudó y se paró a pensar si lo que había dicho era realmente lo que había querido decir–. Lo que quiero decir es que siempre dices Finlandia cuando te refieres a mi país.

–No lo hago.

–Sí, lo haces.

–¿Lo hago?

–Sí, ¡lo haces!

–¿De verdad lo hago? –preguntó el moreno, desconcertado–. ¿He dicho Finlandia hace un momento?

–Has dicho Finlandia hace un momento –respondió el extranjero, y suspiró–. Y ayer. Y la semana pasada. Y la semana anterior a la semana pasada.

–¿Y la semana antes de la anterior?

–Y la semana antes de la anterior.

–No lo recuerdo –confesó el moreno, no muy convencido de que las acusaciones del rubio fueran justas–. ¿De verdad he dicho Finlandia?

–De verdad has dicho Finlandia –respondió el rubio intentando parecer un poco molesto, como la gente que se molesta cuando los niños no paran de hacerles preguntas tontas–. Pero no eres el único que lo hace. Por alguna razón que desconozco, mucha gente se equivoca y se refieren a mí como finlandés, aunque saben que soy de Islandia. Hablan repetidamente de Finlandia esto, Finlandia lo otro… Es raro.

–Sí que es raro –dijo el moreno, frotándose la barbilla como si estuviese pensando seriamente en algo.

Los dos hombres se quedaron en silencio y dieron un sorbo a la cerveza. Parecían absortos en sus pensamientos, los dos: el presunto lugareño se frotaba la barbilla, y el que parecía sueco o noruego se rascaba la cabeza. Ambos miraban fijamente a la cerveza, como esperando a que las burbujas afloraran y arrojaran un poco de luz a aquella extraña situación.

En la plaza se volvía a respirar la tranquilidad habitual. Hacía tiempo que los conductores habían dejado de tocar las bocinas. El conductor y el transeúnte se habían despedido y el tráfico era fluido de nuevo.

–¿Estás seguro de que no es cosa tuya? –preguntó el moreno.

–¿Mía? –le dijo el rubio arqueando las cejas, enfatizando su incredulidad–. ¿Cosa mía?

–Sí –continuó el supuesto lugareño–. Dado que no soy yo el único que dice Finlandia en vez de Islandia, sino que es algo general, quizá sea cosa tuya.

–¿Quieres decir que oigo Finlandia en lugar de Islandia?

–Pues, sí. Podría ser. –El moreno hizo una pausa antes de continuar, aunque no parecía muy seguro de cómo hacerlo–. Podría ser, también, que tú en realidad seas finlandés.

–A ver, un momento. Yo estoy segurísimo de que no soy finlandés.

Hubo un momento de silencio que ambos aprovecharon para dar otro sorbo a la cerveza.

–¿Has oído hablar alguna vez de la sabiduría de las multitudes? –preguntó el moreno.

–No –respondió el rubio.

–La idea fundamental es que, en muchos casos, las multitudes, aunque poco informadas, pueden ser colectivamente más sabias que un único experto.

–Entonces… –balbuceó el rubio, intentando entender lo que acababa de escuchar–. ¿Quieres decir que, a la vista de que las multitudes se refieren a mí como finlandés, tengo que dudar de mi capacidad para determinar mi propia nacionalidad?

–Solo es una teoría –dijo el moreno, y se encogió de hombros.

–Creo que no –dijo el rubio, y negó con la cabeza.

–Bueno, probablemente tengas razón –admitió el lugareño, y frunció el ceño. Pero inmediatamente volvió a sonreír. Parecía que había tenido una idea brillante–. Puede que sea una cuestión de probabilidad.

–¿Probabilidad? –El extranjero parecía perplejo.

–Sí –respondió el moreno, emocionado con su idea–. La gente sabe que eres nórdico pero no escandinavo, en el sentido que la aerolínea Scandinavian Airlines da a la palabra «escandinavo». Si ponemos a todos los nórdicos no escandinavos en un sombrero y sacamos uno al azar, es más probable que salga un finlandés, y no un islandés. Por lo tanto, la gente te toma por finlandés por accidente. No lo pueden evitar. La culpa es de la ley de la probabilidad.

El hombre del cual se podía decir que era sueco o noruego negó con la cabeza y se quedó mirando al lugareño con escepticismo. Este también lo miraba fijamente.

–¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos? –preguntó el rubio.

–Seis meses –respondió el moreno. Ahora el sorprendido era él–. ¿Por qué lo preguntas?

–¿Hace seis meses que nos conocemos y para ti todavía no soy más que un nórdico no escandinavo sacado al azar de un sombrero?

–Bueno, yo no quería decir eso… –respondió el moreno mientras su piel bronceada se tornaba rojiza–, ya sabes lo que quería decir.

–¡Ajá! –admitió el rubio con un acento parecido al de los suecos y los noruegos. Sonrió y pareció saber lo que había querido decir el moreno exactamente.

–En todo caso, ¿cual es tu respuesta? –preguntó el lugareño.

–¿Cual era la pregunta? –dijo el extranjero, que parecía haber olvidado la pregunta que había provocado toda aquella discusión.

–¿Cómo es el tráfico en Finlandia?

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