Urban Volcano

Ficción de Börkur Sigurbjörnsson

Relatos

Los vecinos

Los vecinos — Ilustración de Yana Volkovich
Ilustración de Yana Volkovich

–Bienvenida a mi nuevo palacio –le dije a Katrín invitándola a entrar en el piso al que me había mudado hacía pocos días.

–Gracias, su majestad –respondió, e hizo un guiño mientras inclinaba la cabeza a modo de reverencia.

Sonreí. Era eso lo que me gustaba de Katrín. No se tomaba la vida demasiado en serio. Sin embargo, era también una chica con la que se podía hablar de cosas serias en caso de necesitarlo. Durante mis años en el extranjero nunca había hecho el esfuerzo de buscar compatriotas, y no era porque no me gustaran los islandeses. Desde mi punto de vista, había tantos extranjeros divertidos en el extranjero, que no necesitaba pescar en aguas islandesas. El caso de Katrín era una excepción. Era tan divertida que no me costaba nada mantener mi amistad con ella.

–El dormitorio, el baño, la cocina, el trastero, el salón y, al final, el comedor.

Le mostré el piso mientras caminábamos desde de la puerta de entrada hasta el comedor.

–¡Qué guay, un comedor! –dijo Katrín sonriendo–. ¡Impresionante! Igual que en los palacios de verdad.

–¡Exactamente! Salvo que en los verdaderos palacios normalmente hay espacio para una mesa de más de cuatro comensales.

Miré mi pequeña mesa de comedor. Era una de las más pequeñas que pude comprar en Ikea. Aunque técnicamente podía dar cabida a cuatro personas, en la práctica era sólo para dos, en caso de querer comer cómodamente. En el salón no había espacio para una mesa más grande.

–Bueno, no se puede tener todo. Al menos tienes un comedor. Para mucha gente de Barcelona utilizar una habitación como comedor sería un derroche.

–Yo no lo llamaría derroche –dije, intentando parecer profundo–, lo llamaría inversión.

–¿Por qué? –me preguntó Katrín.

–En realidad no lo sé –le respondí, un poco avergonzado.

Realmente no lo sabía. Era uno de esos comentarios tontos y espontáneos que solía hacer cada dos por tres porque me parecían graciosos. En realidad no había pensado en lo que quería decir. Y menos en si era de verdad gracioso o no.

–¿Cómo es el barrio? –preguntó.

–Maravilloso. Vivo en pleno corazón de Gracia. A pocos pasos de la plaza de la Virreina. ¿Qué más puedo pedir?

–¿No es ruidoso?

–No, la calle de enfrente es peatonal y la iglesia absorbe todo el ruido de la plaza.

–La Iglesia Católica siempre ha tenido una gran capacidad de silenciar –comentó Katrín, y sonrió–. ¿Y los vecinos? ¿No hacen ruido?

–Ninguno. Al menos, no más que en cualquier otro edificio antiguo de Barcelona –contesté, intentando recordar algún ruido raro que hubiesen hecho los vecinos–. Además, al otro lado de la calle hay un convento de monjes, y los monjes no suelen ser ruidosos.

–¿Monjes? –preguntó Katrín con un dejo de incredulidad en la voz.

–Sí, monjes –respondí un poco inseguro. Todavía no me había hecho a la idea de estar viviendo al lado de un convento de monjes, y era una novedad para mí.

–Qué interesante –dijo Katrín–. Tienen una terraza estupenda, ideal para hacer barbacoas. Sería una pena que no la utilizaran.

Nos quedamos en silencio mirando la terraza de los monjes. Era grande. Katrín tenía razón. Sería una pena que no la utilizaran. Mi mente comenzó a imaginar cómo se vería la terraza con un grupo de monjes haciendo una barbacoa. Era surrealista. Como no había visto nunca un monje de cerca, imaginaba a un grupo de hombres calvos, vestidos con mantos marrones, bebiendo cerveza en jarras de litro y asando jugosas hamburguesas en la parrilla. Era una mezcla de un episodio de Los Simpson y varias escenas de la película El nombre de la rosa. Por consiguiente, era surrealista.

–¿Quieres café? –le pregunté, intentando apartar de mi mente aquella imagen de monjes calvos bebiendo cerveza y asando hamburguesas.

–¡Por supuesto! –respondió Katrín, y se sentó cómodamente en el sofá.

Fui a la cocina a preparar el café. Oí a Katrín levantarse del sofá y atravesar el salón. Pensé que querría echar otro vistazo al vecindario.

–¿Los monjes españoles suelen llevar ropa de mujer? –oí a Katrín gritar desde del salón.

–¿Cómo has dicho? –le grité yo también, para asegurarme de que la había entendido bien.

–¿Los monjes españoles suelen llevar ropa de mujer?

Parecía que sí la había oído bien la primera vez. No estaba seguro de si entendía a dónde quería llegar con aquella pregunta, pero lo más probable era que la hubiese oído bien.

–No sabría decirte –le respondí mientras le ofrecía la taza de café y me unía a ella junto a la ventana con vistas a la terraza de los monjes–. Creo que nunca he visto un monje español. Ni siquiera he visto a mis vecinos.

Bebíamos a sorbos el café, admirando la vista. La terraza de los monjes estaba parcialmente cubierta con un techo de plástico semitransparente. En la parte cubierta, los habitantes del convento tendían la ropa.

–¿Ves por qué he preguntado lo que he preguntado?

–Sí, lo veo.

Podía ver por qué había preguntado lo que había preguntado. Por debajo del techo de plástico podía ver el tercio inferior de los cuerpos de mis vecinos. Podía ver sus zapatillas marrones, los tobillos desnudos, la parte baja de las pantorrillas, sus faldas de color azul oscuro y sus delantales de color azul claro. Aquellos atuendos eran bastante diferentes a los mantos marrones que había imaginado hacía poco.

–Tus monjes parecen tener una muy buena relación con su lado femenino –saltó Katrín mientras observábamos el tercio inferior de mis vecinos–. Quizá forman parte de una secta de monjes travestidos. Es una ropa curiosa, al menos para monjes.

–¿Quiénes somos nosotros para juzgarlos? –pregunté–. Ellos se deben a Dios, pero no a las superficiales normas de moda que establece nuestra sociedad moderna. Si los monjes quieren llevar ropa femenina, allá ellos. Si Dios lo aprueba, pueden llevar lo que quieran, ya sean mantos marrones, vaqueros o faldas y delantales.

–Tienes razón –afirmó Katrín poniendo cara de seria–. No nos deberíamos dejar llevar por antiguos estereotipos de género. Si los monjes quieren vestirse con faldas, es solo cosa de ellos.

Nos miramos sonriendo. Contentos con nuestros inteligentes eslóganes sobre la moralidad moderna, nos alejamos de la ventana y nos acomodamos en el sofá.

–Por curiosidad –dijo Katrín después de haber estado un rato callada, disfrutando del café–, si no habías visto a tus vecinos, ¿cómo supiste que eran monjes?

–Me lo dijo la propietaria del piso.

–¿Qué te dijo exactamente?

–No recuerdo lo que dijo exactamente –respondí, intentando recordar lo que me dijo–. Pero a mí al menos me sonó a monje.

Nos quedamos en silencio. Katrín parecía estar pensando en algo profundamente.

–¿Tienes un diccionario de español? –preguntó.

–Sí, claro –respondí, y le traje mi diccionario español–inglés/inglés–español de la estantería–. ¿En qué estás pensando?

–¿Sabes cómo llaman aquí a las religiosas? –me preguntó mientras hojeaba el diccionario.

–Pues, no –dije sonriendo–. Por alguna razón, no he llegado a incluir esa palabra en mi vocabulario del español cotidiano.

Katrín dejó de hojear el diccionario y señaló una palabra con el dedo índice.

–Pues, según tu diccionario, en español a las religiosas se les llama monjas.

Era una observación interesante. Echando la vista atrás, no era de extrañar. Podría explicar algunas cosas.

–Entonces, ¿estás insinuando que mis vecinos pueden ser monjas, en lugar de una secta de monjes travestidos?

–No me gustaría echar por tierra tu fantasía de estar viviendo al lado de una secta de monjes travestidos –dijo Katrín sonriendo–, pero, sí, lo más probable es que tus vecinos en realidad sean monjas.

–Mmm. En cualquier caso, volviendo al tema original, no creo que los vecinos del otro lado de la calle vayan a montar ningún escándalo ni perturbar la quietud de mi piso con fiestas desenfrenadas ni cosas por el estilo.